Hades
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—Usted consta como fallecide.
Esas palabras resonaron en su cabeza durante al menos una hora. Intentaba encontrarles sentido. Era una frase sencilla, la entendida en esencia, pero la totalidad de su significado, todo lo que ello implicaba, se le escurría entre los siete orificios.
Permaneció inmóvil en la silla, mirando el revoltijo de sus propias elucubraciones, mientras el proyector de la falsa ventana cambiaba el bosque por un paisaje submarino. Un banco de peces cruzó de un lado a otro del ventanal, creando unas sombras demasiado realistas en el interior de la estancia; los efectos sonoros envolvieron los sentidos de Broolee. Los engranajes de su cabeza giraban a la misma velocidad que el tic de su pierna, como si esta fuese una suerte de manivela que hacía girar toda la maquinaria de su mente.
Usted consta como fallecide…
¿Cómo era posible que el robot de la administración llegara a pronunciar semejante ridiculez cuando reclamó el pago que el Estado no le había transferido? Broolee estaba ahí, en su apartamento, pensando en el estúpido embrollo en el que le había metido el sistema tras una épica epopeya burocrática en medio de un laberinto letal de mesas, webs mal optimizadas, llamadas telefónicas y números de turno. Porque todo parecía haber avanzado en los últimos siglos, salvo la gestión de asuntos primordiales.
Sacudió la cabeza. La única posibilidad viable para que tal cosa fuera posible era…
Se enderezó de golpe en la silla. Era una posibilidad tan ridícula como la resolución de su pago, pero dada la situación no debía descartarla. No del todo.
Una serie de pantallas se desplegaron ante sus ojos con solo tocar la pantalla de su reloj. Desde allí pidió una cita en el Instituto de Asuntos Fúnebres para visitar el Hades y recabar información. Si realmente estaba muerte, habría una copia suya ahí con todos sus datos y memorias. A no ser, claro está, que elle misme fuese la copia, lo cual carecía de sentido.
Tres días después, un smartaxi lo dejó frente a las puertas del Hades. Una construcción deliciosamente trabajada en una aleación de bronce y mármol artificial que imitaba las antiguas puertas del Infierno de Auguste Rodin. La humanidad había resuelto en que crear obras originales desde cero no era algo factible, por lo que imitar lo antiguo, tal y como habían hecho sus antepasados desde hace siglos, les pareció la mejor opción. Al fin y al cabo reciclar era importante, y esto también aplicaba a las ideas.
No era la primera vez que bajaba al Hades. Pasó meses visitando el submundo cuando murió su madre y también cuando murió su perra. Pensó en hacerle una visita a ambas en cuanto resolviera sus gestiones.
Tres personas vestidas de negro le dieron la bienvenida. Los asuntos fúnebres eran de los pocos trabajos cara al público que todavía mantenía personal humano, pues se consideraba que la muerte precisaba de la empatía que solo un mortal consciente y semejante podía tener. Las puertas se abrieron y Broolee se internó en el enorme ascensor en compañía de otras personas que todavía guardaban luto. Cada une de elles depositó una moneda en la ranura y pulsaron el botón del nivel que deseaban visitar. Las puertas se cerraron y, mientras descendían, la voz de Caronte les recordó las normas básicas de protocolo.
Se puede pasear libremente por el Hades sin perturbar la paz de les difuntes.
Es posible invocar une difunte desde la cabina de información.
Se respetará en todo momento la independencia del difunte.
Intentar hackear los datos, recuerdos y personalidad de cualquier difunte, así como acceder a su fuente de configuración, será penado por la ley y una multa mínima de 30k.
No está permitido mantener relaciones sexoafectivas con los avatares de les difuntes. Recuerde que no son reales, elles ya no están en este mundo y este tipo de relaciones podría afectar a su salud mental y percepción de la realidad.
Las Erinias siempre están vigilando.
—Próximo nivel: Prado de Asfódelos.
Las puertas se abrieron apenas cinco segundos después. Supuso que, al igual que el resto de su familia, su posición dentro de la sociedad no era tan mala como para que lo enviasen al Tártaro, pero tampoco tan buena como para concederle los Campos Elíseos. Allí bajó, junto con el grueso de personas que fueron directas a las cabinas de información, Broolee se dirigió a uno de los asistentes con menos cola de espera. Mientras aguardaba su turno, admiró las cabinas labradas en las cortezas de los árboles que lindaban los muros de aquella portentosa habitación paradisiaca que parecía rozar el infinito, pues hasta donde Broolee sabía, el Hades, al igual que el universo, estaba en constante expansión y, en el caso de estar vive, no le sobraba tiempo para explorarlo, mucho menos si agotaba ese tiempo esperando en la cola.
—Buenos días, soy Carlos y hoy seré su psicopompo, ¿cómo puedo ayudarle?
—Estoy buscando a Broolee Martínez.
El psicopompo tecleó rápidamente, e hizo un par de taps en la pantalla.
—¿Cuál es el motivo de su visita?
—Investigación.
—¿Tiene un permiso?
—No. Es un pariente por parte de madre al que me gustaría hacerle unas preguntas.
—De acuerdo. Por favor, deposite una muestra de su sangre en el vial.
Carlos le entregó un pequeño aparato y una lanceta. Se pinchó el dedo y dejó caer una gota de sangre sobre la pantalla del vial y se la entregó al psicopompo.
—Es usted Broolee Martinez.
—Sí.
—El avatar que busca.
—No, porque yo estoy aquí.
Carlos le miró con escepticismo y continuó tecleando sin apartar la vista de Broolee hasta que un aviso parpadeó en la pantalla. El psicopompo se frotó la perilla.
—Extraño. Broolee Martinez consta en nuestra base de datos como fallecide, pero las Moiras no logran localizarle. Sin embargo, su ADN coincide con el del difunte. Me temo que está usted muerte, señore. ¡Qué noticia tan desafortunada!
—Pero eso no es posible, yo estoy aquí.
—Y debería estar allí —dijo señalando la entrada a los Alsfódelos.
—Nunca he estado allí, no tengo recuerdos de ello, esto no tiene sentido.
—En verdad no la tiene, señore, pero debo informar a Hécate para que intervenga en esta anomalía. No podemos dejar avatares sueltos en el mundo como si estuviesen vives.
—Me temo que no estoy dispueste a… existir bajo tierra por muy acogedor que resulte este lugar.
—Como avatar, eso no le corresponde a usted decidirlo, señore Martinez. Hécate, Perséfone y Hades deben dar su beneplácito, si es que tal cosa entra dentro de la ley.
Broolee suspiró agotade. Más burocracia. Ni la muerte le salvaría de ella.
Una paradoja demasiado extraña la que vivía, por lo que prefería centrarse en cuestiones sencillas que su consciencia mortal pudiese muñir. ¿Sería elle el primer fantasma de la historia o hubo otres fugades del Hades ante que elle? ¿Debía seguir trabajando? ¿Cuál era el protocolo? Estar muerte no debería ser incompatible con seguir disfrutando de las comodidades de la vida. A Broolee le gustaba su apartamento, saborear la comida y la suavidad de su cama. No estaba dispueste a privarse de todo solo por tener una muerte que ni siquiera recordaba haber sufrido, menos aún si debía seguir lidiando con las Administraciones.
—¿Puede al menos decirme cómo consta que morí?
Los hábiles dedos de Carlos volvieron a teclear a toda velocidad y a tapear la pantalla.
—Atragantamiento por osito de gominola durante juegos eróticos.
Los ojos de Broolee se abrieron como los huecos de una calavera. Esa sí era una noticia, ¿cuánto tiempo llevaba muerte? ¡Al menos más de medio año solar!
—¿Por casualidad… sabe si tengo derecho a alguna prestación por fallecimiento?







